Cuando comenzó a sentirse más seriamente en el país el catarrito económico, el gobierno de Calderón reaccionó discursivamente y comenzó a referirse al choque como la crisis que viene de fuera. Desde una perspectiva de corto plazo, esta aseveración es relativamente cierta. Sin embargo, al ampliar el horizonte temporal, es claro que hubo al interior de nuestro país una elección de por medio, misma que, como toda decisión, tiene riesgos, costos y beneficios que idealmente se sopesaron. Si esto es verdad, la crisis no deriva exclusivamente de la fuerza omnipotente del mercado globalizado, sino también de una decisión al interior. Decisión que, por cierto, es la que nos tiene aquí, donde estamos para bien y para mal y que, en consecuencia, merece ser analizada. La historia es como sigue:

ISI. El “ciclo de vida del proteccionismo”

A grandes rasgos, pueden distinguirse en México dos etapas o modelos de desarrollo en la historia reciente (posrevolucionaria). La Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI); y la Industrialización Orientada a las Exportaciones (IOE). La primera se apoyaba en el argumento de la industria infante y abogaba por un periodo de protección para el surgimiento y consolidación de la industria nacional. Así –eventualmente- se empezarían a sustituir las importaciones de bienes de consumo, consumo intermedio, y finalmente de capital. Después de aproximadamente 40 años, contados a partir del Cardenismo, el modelo se agotó sin alcanzar completamente el objetivo. Se logró cierto grado de sustitución de bienes de consumo intermedio, no así de capital. El ciclo de vida del proteccionismo no se verificó y, entre otras consecuencias no deseadas, se generaron mercados poco competitivos e intereses empresariales muy poderosos que trascendieron el propio modelo.[1]

En favor de la ISI, sin embargo, y haciendo una valoración contextual, debe decirse que ningún país en el mundo, a excepción de Inglaterra, ha logrado industrializarse sin algún grado de proteccionismo,[2] y que México logró avances significativos en materias como infraestructura, instituciones, y en cierta medida, industrialización.

IOE. El mercado exterior como motor de desarrollo

Así pues, con el modelo agotado, ¿qué alternativa implementar? La respuesta ya se había venido sugiriendo: abrir el mercado nacional para fomentar la competencia interna; impulsar las exportaciones aprovechando ciertas ventajas comparativas y competitivas, (sobre todo la vecindad con los Estados Unidos); abolir las barreras arancelarias y no arancelarias; privatizar las otrora empresas estatales. En pocas palabras: elmercado como ente principal en la promoción del desarrollo. Este modelo, conocido como Industrialización Orientada a las Exportaciones (IOE), puesto en marcha desde mediados de la década de los ochenta -y vigente hasta nuestros días- deposita pues la confianza en el mercado (en particular el externo), y se apalanca teóricamente en el Nuevo Liberalismo Económico.

El mercado metafísico. La crisis “que viene de fuera”

Pero ¿qué es el mercado? El mercado es un sistema de coordinación para la producción y distribución de bienes y servicios cuyo engranaje de transmisión es el precio, lo que por definición, excluye a quien no pueda pagarlo. En el extremo teórico, el sistema surge de manera natural, puede autorregularse (funciona eficientemente) y no requiere, en consecuencia, de intervención alguna por parte del Estado más allá de un par de funciones elementales.[3] Una lectura de este tipo tiene cuando menos dos consecuencias riesgosas: a) sugiere que es un mecanismo independiente de tiempo y lugar (es ahistórico); y b) tiende a encubrir la relación social subyacente, dado que obedece y opera de acuerdo con su propia lógica (que en el mejor de los casos resulta de la racionalidad individual de cierta clase de hombre: el homo economicus). Así, el mercado es al mismo tiempo abstracción y ente autónomo con voluntad y fuerza propias. Es un mercado metafísico.

Con todo lo anterior es posible observar que, al obviar la historia del tránsito de un modelo de desarrollo a otro (o peor aún al concebir el modelo pro-mercantil como el único habido y por haber), al mismo tiempo que se entiende el mercado desde este extremo metafísico, es consecuencia lógica derivar un discurso de inevitabilidad respecto del mercado global y sus costos, lo que nos deja con muy poco margen de maniobra ante la crisis que viene de fuera.

La lección, evidentemente, no es volver al pasado. Lo que se requiere, en cambio, es un análisis más amplio que valore los pros y contras del modelo de desarrollo actual para evitar caer en discursos de inevitabilidad frente a las fuerzas del mercado. Después de todo, tal como aseveró en alguna ocasión el Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, sólo los reaccionarios defenderían la economía autorregulada, en un extremo, o un gobierno que la operara, en el otro.


[1] El ejemplo más claro es Televisa, pero la fortaleza de otras empresas como TV Azteca y TELMEX también está estrechamente ligada a su pasado en la etapa sustitutiva.

[2] THIRLWALL, Anthony, P. La naturaleza del crecimiento económico. Un marco alternativo apara comprender el desempeño de las naciones. Fondo de Cultura Económica, México, 2003. 128 pp.

[3] Esta postura extrema se aprecia en la obra de Milton Friedman, en particular en: FRIEDMAN Milton y Rose. Libertad de Elegir. Ediciones Grijalbo, 1980. Barcelona, España, 436 pp.