Fotografía del diario EL PAÍS

Fotografía del diario EL PAÍS

Como es de esperarse, la naturaleza de los primeros textos (sí, posts) de esta bitácora tendrán un aire introductorio, desde dos perspectivas. Una será la de invitar a los participantes potenciales a los temas que aquí serán tratados: de algún modo, darles una bienvenida virtual de tal suerte que, con completa libertad, utilicen la ventana de comentarios para iniciar y retorcer la discusión (incluso para sumarse a la ahora escueta cantidad de plumas del blog). La segunda es para lanzar sobre la mesa tópicos frescos que, pese a su novedad, haremos el esfuerzo máximo por revertir el efecto de olvido inmediato que inducen los medios masivos de comunicación.

Sirva también este argumento para justificar por qué el autor del presente se deja llevar por el fragor que causó la visita del presidente estadounidense a nuestro país. Mucho se ha comentado y publicado al respecto y, muy seguramente, en un par de días será dejado atrás sin rastro alguno. Pero, mientras aún conserva su dinamismo, es posible hacer un puñadito de reflexiones muy evidentes que merecen ser recordadas.

1. Barack Hussein Obama (paradójico el nombre con H), nació en Honolulu. Su nacionalidad es estadounidense, fue senador por el estado de Illinois y actualmente es el presidente cuarenta y cuatro de los Estados Unidos (sí, de ellos). Pese a la cercanía de su país con el nuestro, dentro de las funciones que le fueron encomendadas no se encuentra velar por los intereses de México u otros países.

2. Si bien es cierto que las acciones conjuntas de combate al narcotráfico son necesarias, esperanzadoras, vaya, es ingenuo pensar que, una vez resuelto el problema de seguridad (es ingenuo también pensar que se resolverá algún día cercano), en la agenda del presidente Obama se lea: “fomentarás el crecimiento mexicano como si fuera el tuyo”.

3. Aunque sus buenas intenciones alcanzaran hasta la frontera con Guatemala, el panorama económico no es el más propicio para el altruismo. Sería duro, quizás, pero completamente lógico y razonable, si el gobierno estadounidense respondiera con un franco y limpio “ustedes por lo pronto a lo suyo y nosotros a lo nuestro”.

Quizá los puntos anteriores caricaturicen el escenario binacional, pero sostienen bien el meollo de hacia dónde va el presidente Obama y qué se puede esperar de sus visitas: como presidente de Estados Unidos, su preocupación se reduce (o magnifica) a dicho país, los electores que, con madurez, lo llevaron hasta Washington, las empresas que constituyen la maquinaria de desarrollo estadounidense. Es preciso que la sociedad mexicana deje de buscar caudillos que, a fuerza de carisma y sudor, lleven al país a donde no lo ha sabido llevar la ciudadanía mexicana. La figura del líder con la potencia inusual de catalizador social es hoy un lugar común extinto. Dado que fue imposible encontrar uno nuevo en el país, Barack Obama se antojó como el personaje idóneo sobre el cual las esperanzas y objetivos truncos de un país pudiesen colgarse. El cambio está en el poderoso miligramo, en cada uno de los mexicanos, quién más.